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lunes, 12 de mayo de 2014

Sol.

Cerré los ojos. Me apetecía dejar que el tacto de la luz sobre mi cuerpo ganase toda la atención. No calentaba demasiado y, muy lejos de parecerse al roce de tus dedos, me regaló una caricia cálida que, como mínimo, me pareció agradable. 
Me tumbé sobre las sábanas dejando la espalda descubierta, y esperé a que la luz que entraba por las rendijas de la persiana me masajeara deslizándose desde la nuca hasta el final de la espalda, a medida que las agujas del reloj avisaban al sol de que debía cambiar de posición para acariciar cada uno de mis recovecos. Sin ser consciente, me quedé dormida, y en uno de mis sueños me creí ser Luna.


Llegó la noche, y me escondí entre nubes, insegura por la certeza de que sin su luz, yo no brillaría. Era más que dependencia, y supe que el insomnio me haría vigilar cada una de mis noches hasta que él, el sol, despertara y también a mi sonrisa.
Pero cuando todo el mundo parecía dormir menos yo, vino a abrazarme, a encajar sus labios en cada cráter, haciendo el pacto de eclipsarnos noche tras noche, prometiendo regalarme su luz incluso cuando él no está, dejándome brillar a mí también y presumir entre las demás estrellas de que yo soy el reflejo de la más grande de todas. La que, con su luz, me salva.


Desperté. Era de noche, pero las caricias en mi espalda seguían en la oscuridad. El calor esta vez era más intenso y la sensación, inmejorable. 
No cabía duda, y mi sonrisa quiso mirarte de frente. Allí estabas, besando los lunares de mi espalda como cada noche, esperando a que todos durmieran para poder eclipsarnos.


''Y, entonces, con un gesto haces luz.''



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